YA ESTÁS EN LA RED | Capítulo 9: Adelgazamiento
En el supermercado activó el modo por defecto. Caminaba por los pasillos mirando estrictamente al suelo. No leía etiquetas. No comparaba ingredientes. No comparaba precios. La mano arrancaba el primer objeto a la altura de la cintura y lo colocaba en la cesta sin pausa.
Conservas. Toallas de papel. Comida para peces de acuario que nunca había tenido. El espacio a su alrededor empezó a ponerse nervioso. Las pantallas sobre los estantes parpadeaban caóticamente. El algoritmo de preferencias se atragantaba. Le ofrecía todo a la vez: pañales, alcohol de élite, herramientas de construcción. La publicidad se convirtió en ruido blanco. El sistema se sobrecalentaba, intentando encontrar sentido donde solo había vacío consciente.
En la caja colocó los productos y bajó la mirada. El escáner emitía señales breves, pero dejaron de ser separadas. Los sonidos se fundieron en una sola nota continua. El sistema no distinguía los objetos: él mismo se había negado a distinguirlos.
— Serían… — empezó la cajera.
No levantó los ojos. No por protesta. Simplemente no confirmó el diálogo. La pausa se alargó. El tiempo en este sector se espesó. Cuando finalmente la miró, vio indefinición. El rostro era un conjunto de formas básicas. La piel, una textura sin poros. La mímica no se había cargado. Una ranura vacía.
— …veintiocho cuarenta — terminó ella mecánicamente, como si el sonido hubiera sido empujado por un canal obstruido.
En la calle dejó caer las llaves. Primero vio cómo el manojo tocaba el asfalto. Solo después oyó el sonido del golpe. El eco era plano y corto. El mundo había dejado de calcular la acústica del espacio. ¿Para qué calcular reflejos si el oyente no les presta atención?
Ahora sabía: la confirmación es moneda.
El mundo gasta recursos en renderizar solo allí donde hay demanda. Donde se esperan dolor, alegría o miedo. Si no hay demanda, se entrega una versión mínimamente viable. Un borrador.
En la oficina, un colega quedó congelado a medio paso. La sonrisa colgaba como una animación en bucle. Cuando Mitya apartó la mirada, el colega desapareció de la percepción. El sistema desactivó sombras complejas y reflejos allí donde no había ojos. El mundo ahorraba la electricidad de la realidad.
No era destrucción. Era adelgazamiento. Mitya comprendió: para que la realidad volviera a ser detallada, tendría que empezar a creer en ella. O dar un paso más allá — hacia donde ya no hay texturas ni reglas.