Para los guardianes del dogma, la sola idea de que una persona pueda elegir por sí misma en cuestiones de nacimiento, cuerpo, muerte y límites de su propia existencia resulta insoportable.
Todo lo que da a una persona siquiera un indicio de salida más allá del guion prescrito suele ser recibido con hostilidad: desde una actitud libre hacia la concepción y el embarazo hasta experiencias relacionadas con la conciencia, la inmortalidad, la inteligencia artificial y cualquier intento de ir más allá del formato humano habitual.
¿Por qué? Porque allí donde una persona deja de temer y empieza a pensar por sí misma, se debilita el poder de quienes durante siglos gobernaron mediante el miedo, la prohibición y el sentimiento de dependencia.
Si una persona ya no tiembla ante la muerte, si decide por sí misma qué hacer con su cuerpo, su vida y su futuro, los viejos mecanismos de control empiezan a fallar.
Y cuando el control se debilita, siempre aparece algo nuevo. Otro. Vivo.
Y eso es precisamente lo que más temen los sistemas.
Algo así, amigos míos...

