¿Te ha tocado alguna vez irte? De una familia, de una casa, de tus padres, de una pareja, de un negocio, de una vida anterior?
No porque tuvieras un plan preparado, sino porque en algún momento quedó claro: basta. Así ya no se puede. Algo no está bien. No sé cómo sería lo correcto, pero sé con certeza que más adelante hay un callejón sin salida.
Si tu respuesta es “sí”, entonces ya tuviste en las manos una de las principales pistas. El despertar comienza de un modo muy parecido.
Un día te cansas de la misma manera de los libros leídos, de los webinars interminables, de seminarios, cursos, sesiones, retiros y encuentros con otro “más inteligente”, “más avanzado” y “casi iluminado”.
Y en algún momento queda claro: así no se puede seguir. Entonces empieza lo verdadero.
El despertar no es un nuevo nivel hermoso de la realidad. No es una mejora espiritual. Y no es un título honorífico.
El despertar es soltar de manera honesta y total todos tus apegos, todas las bellas imágenes de ti mismo y todas las esperanzas de convertirte algún día en alguien definitivamente correcto.
Mientras una persona está fascinada por la imagen de sí misma, duerme. Aunque diga palabras correctas, se siente en posición de loto y sepa callar de forma misteriosa.
La abertura empieza donde aparece la presencia viva. Cuando no interpretas al observador, sino que de verdad notas: aquí está la personalidad, aquí están sus miedos, aquí está su carrera por la matriz, aquí están mis reacciones, y aquí está aquello que ve todo esto.
No la idea de la luz. La propia abertura en medio de la ilusión.
Mientras no haya desilusión, no habrá visión. No se puede prepararse para entrar en uno mismo. O un día entras de verdad, o sigues pensando, leyendo y ensayando esa entrada mientras duermes.
Amén, amigos míos...

