Cuando una persona empieza a ver más hondo que lo visible, se sostiene con más firmeza en la vida.
Entonces ya no vaga entre consecuencias, no recoge fragmentos con aire de gran mártir y no pregunta al Universo por qué volvió a elegir precisamente a ella, tan maravillosa.
Empieza a ver causas. Y eso significa comprender que la vida no está obligada a ser simple, pero casi siempre es más lógica de lo que parece en el momento de la histeria.
Sin esa mirada, la persona vive como un ciego en un laberinto: choca con las paredes, se ofende con las esquinas y sospecha de una conspiración de los muebles.
La visión comienza allí donde dejas de mirar solo hacia fuera...
Y de pronto la vida aparece en tal corte que todos tus errores, fracasos y sufrimientos resultan ser una cadena absolutamente necesaria hasta aquel pensamiento, hasta aquella comprensión del tiempo que encontraste en ti.
Y con horror comprendes que no habrías entendido nada sin esos sufrimientos, sin esos fracasos, sin ese dolor.
Señor, qué exactamente encajó todo.
Aceptad tal como es aquello que no podéis cambiar, y que haya alegría para vosotros...

