A quien una vez dejaste entrar en el alma, ya no lo expulsas así como así.
Aunque todo haya terminado.
Aunque las conversaciones se hayan apagado.
Aunque esa persona haya seguido hace tiempo su propio camino.
Dentro, de todos modos, queda un lugar donde un día se sentó.
Una silla vacía.
Nadie ya la ocupa por completo.
Se puede seguir viviendo.
Reír.
Trabajar.
Construir nuevos planes.
Encontrar a otras personas.
Pero a veces la mirada cae por casualidad hacia dentro —
y ves esa silla.
No como dolor.
No siempre como nostalgia.
Más bien como un testimonio silencioso de que alguien fue realmente importante.
El alma no es un hotel.
No se puede simplemente desalojar de ella a una persona si una vez se convirtió en parte del espacio interior.
Se puede soltar.
Se puede perdonar.
Se puede dejar de esperar.
Pero la silla vacía permanece de todos modos.
No para sufrir.
Sino para recordar: algunas personas no se van por completo.
Simplemente dejan de sentarse a tu lado...

