Hay que despertar.
Sanar.
Volver a vivir.
Suena sencillo.
Pero la dificultad está en que hay que despertar de aquello que la persona durante mucho tiempo consideró estar despierta.
De su propio ajetreo.
De la ocupación constante.
Del movimiento eterno que solo parece vida.
Sanar exige sanar de aquello que tomaba por salud.
De las reacciones habituales.
De la sordera cómoda.
De la capacidad de soportar lo que desde hace tiempo destruye por dentro.
Y volver a vivir exige volver de aquello que parecía una vida plena.
Del horario.
De metas que ya no calientan.
De papeles que la persona aprendió tan bien que un día los confundió consigo misma.
Por eso el verdadero despertar rara vez resulta agradable.
No siempre llega como música clara y una mañana suave.
A veces llega como una comprensión honesta:
dormías precisamente allí donde te creías despierto.
enfermabas precisamente de aquello que llamabas salud.
y sobrevivías precisamente allí donde pensabas que vivías.
Despertar no significa convertirse en otro.
A veces significa ver por primera vez
dónde dejaste de estar vivo...

