Alicia estaba sentada al borde de la mesa y miraba cómo el Sombrerero volvía a llenar una taza, aunque nadie había terminado aún de beber.
—¿Por qué se cambian de sitio cada vez? —preguntó ella—. Al fin y al cabo, el té sigue siendo el mismo.
—Taza sucia —explicó el Sombrerero con dignidad.
—Pero ustedes simplemente huyen de su propia taza dando vueltas.
—Exactamente —dijo el Sombrerero—. A eso se le llama vivir.
La Liebre de Marzo se rió tanto que volcó la lechera.
El Lirón no se despertó.
Alicia pensó un poco.
—Pero si se cambian de sitio el tiempo suficiente, volverán a su taza. Y seguirá estando sucia.
—Desde luego —dijo el Sombrerero—. Pero para entonces nosotros seremos otros.
Alicia abrió la boca.
La cerró.
La volvió a abrir.
—Eso no resuelve el problema de la taza.
—No —aceptó el Sombrerero, completamente alegre—. Pero resuelve el problema de nosotros.
La Liebre de Marzo levantó un dedo, como si quisiera añadir algo importante, pero cambió de opinión y se comió el dedo.
Es decir, la galleta.
Aunque Alicia no estaba segura.
—Pero eso es... —empezó ella.
—Lógico —la interrumpió el Sombrerero—. Absolutamente lógico. Precisamente por eso no funciona.
Alicia miró su taza.
Luego la de al lado.
—Y si yo me cambio de sitio —preguntó con cautela—, ¿también me convertiré en otra?
El Sombrerero sonrió.
—No enseguida. Primero simplemente dejarás de ser la que se quedó.
Alicia guardó silencio durante mucho rato.
—Esto está mal —dijo al fin.
—Claro —asintió el Sombrerero—. Pero es sorprendentemente cómodo.
La Liebre de Marzo se sirvió leche en el azucarero y fingió que así estaba previsto.
El Lirón murmuró algo dormido.
Alicia volvió a mirar su taza.
El té estaba frío.
La silla de al lado estaba vacía.
Alicia se cambió de sitio...

