Nunca te arrepientas de nada.
No porque todo haya sido agradable, correcto y hermoso. No. A veces la vida conduce a una persona como si en las manos no llevara un plan, sino un atizador.
Pero las dificultades a menudo ocurren para bien.
No de inmediato. No de forma evidente. No de manera que, en el momento del golpe, la persona diga alegremente: "Oh, qué bendición tan maravillosa acaba de caerme en la nuca".
Por lo general, el sentido se vuelve visible más tarde.
Cuando pasa el dolor. Cuando se va lo sobrante. Cuando se derrumba aquello que hace tiempo debía derrumbarse. Cuando la persona finalmente comprende que no la castigaron, sino que la sacaron por aquella puerta que ella misma jamás habría abierto.
Y a veces los sueños no se cumplen para bien.
Porque a menudo la persona sueña no desde la profundidad, sino desde la herida, el miedo, la envidia, la soledad o el deseo de demostrarle a alguien su propio valor.
Y luego se sorprende de que el Altísimo no le haya entregado precisamente aquel juguete con el que pensaba hacerse daño.
No te arrepientas.
Lo que se fue liberó espacio. Lo que no llegó quizá te protegió.
A veces la misericordia parece pérdida. A veces la salvación llega disfrazada de sueño no cumplido...

