Sufre quien se resiste a lo inevitable.
No quien siente dolor. No quien está cansado. No quien se encontró en una situación difícil.
Sino quien por dentro sigue discutiendo con aquello que ya ocurrió o está ocurriendo ahora.
“Esto no debería haber pasado.” “Esto no puede ser.” “¿Por qué yo?” “Que todo cambie inmediatamente.”
Entonces la persona sufre no solo por la situación, sino por la guerra que libra contra ella.
La realidad permanece al lado, tranquila y hasta un poco cansada. No discute. Simplemente es.
Todo es como es. No porque todo sea bueno. No porque todo sea correcto. Y no porque haya que aplaudir alegremente cada ladrillo de la vida que vuela directo a la frente.
Sino porque el primer paso hacia la claridad empieza con el reconocimiento del hecho.
Sí, esto existe. Sí, esto ocurrió. Sí, ahora es exactamente así.
Solo después aparece la posibilidad de ver qué hacer a continuación.
La concordancia interior con lo que es no es derrota.
Es el fin de una guerra innecesaria.
Y donde termina la guerra interior, comienza la armonía...

