No añadas demasiado.
A veces el acontecimiento en sí es pequeño: alguien no respondió, alguien miró de un modo extraño, alguien dijo poco, algo no salió según el plan.
Y entonces la mente entra en escena con el delantal de trabajo de una arquitecta de catástrofes. Rápidamente construye nuevos pisos, enciende la luz, cuelga cortinas e instala allí miedos, resentimientos, sospechas y algunas viejas heridas con residencia permanente.
En cinco minutos la persona ya no tiene una situación, sino una serie interior completa.
No respondió: entonces se ofendió. Miró raro: entonces me juzga. Dijo poco: entonces todo está mal. Guardó silencio: entonces esconde algo.
Pero muchas veces el problema no aparece en el acontecimiento. Aparece en lo que la persona le añadió.
Había un hecho.
Y sufrimiento para tres temporadas con continuación.
Por eso, a veces la práctica más sabia es detenerse y preguntarse: “¿Qué sé con certeza?”
No lo que parece. No lo que temo. No lo que ya dibujé en la cabeza con música dramática. Sino lo que realmente es.
Porque la realidad suele ser más simple que nuestra ansiedad.
No añadas demasiado. Así se crean problemas que al principio ni siquiera existían...

