La calma es un estado místico sorprendente.
En ella, la persona es capaz de hacer cosas casi impensables.
Por ejemplo: no agitarse.
No correr a salvar lo que todavía no se ahoga. No explicar aquello que nadie preguntó. No demostrar su razón a quien vino no a escuchar, sino a vencer. No agarrar la realidad por el cuello gritando: “¡Ahora explícame rápido qué está pasando!”
La persona tranquila sabe esperar.
No por debilidad. No por indiferencia. No porque le dé igual.
Sino porque ve: no todo acontecimiento debe ser empujado de inmediato hacia el resultado deseado.
A veces la vida todavía está desplegando el tejido de lo que ocurre. A veces el sentido aún no apareció. A veces la acción prematura no es más que pánico bien disfrazado.
Entonces empieza lo casi imposible.
La persona calla. Mira. Respira. Espera a que los acontecimientos se desarrollen.
Es decir: da testimonio.
Y el testigo no es quien no hace nada.
El testigo es quien no impide que la verdad se vuelva visible antes de tiempo...

