Muchas personas dedican la vida a realizar el concepto de lo que deberían ser.
No a sí mismas.
Al concepto. A la imagen. Al papel. Al cartel interior con la inscripción: “Así deben verme”.
Una persona puede pasar años construyendo el rostro correcto, la biografía correcta, la espiritualidad correcta, el éxito correcto, la modestia correcta, la fuerza correcta e incluso el dolor correcto, si todavía no alcanza la fuerza.
Por fuera, todo eso puede parecer muy convincente.
Pero por dentro la persona viva queda a un lado, como un niño olvidado en una estación, mientras la imagen adulta y seria, con un traje hermoso, va a representar su vida ante el público.
La diferencia entre la autorrealización y la realización de la propia imagen es muy importante.
Autorrealización es cuando la persona despliega aquello que realmente vive en ella.
Realización de imagen es cuando intenta convertirse en aquello que cree estar obligada a ser: para los padres, la sociedad, la pareja, el entorno espiritual, los seguidores, el propio orgullo.
Muchas personas no viven para sí. Viven para su imagen. La alimentan, la defienden, la justifican, la visten con palabras inteligentes, le renuevan la fachada y la llevan al mundo.
Luego se preguntan por qué por dentro está vacío.
Porque una imagen puede recibir reconocimiento.
Pero no puede ser feliz.
Una imagen puede gustar, impresionar, parecer fuerte, sabia, exitosa, espiritual o especial.
Pero solo una persona real puede vivir.
Por eso el camino hacia uno mismo empieza no con la pregunta: “¿Cómo debo ser?”
Sino con la pregunta: “¿Qué hay en mí de real?”
Todo lo demás es decorar el escaparate de una tienda donde hace tiempo olvidaron abrir la puerta...

