No bombardees, y no serás bombardeado.
Un mandamiento simple, al parecer.
Casi evidente.
Incluso demasiado evidente para un mundo que primero ignora lo evidente y luego limpia heroicamente las consecuencias.
El ser humano es una criatura extraña.
Primero lanza una piedra al mundo.
Después se sorprende de que el mundo no le haya enviado un ramo de margaritas.
Primero habla con dureza.
Después se ofende por la dureza.
Primero rompe los límites ajenos.
Después se queja de que alguien se acercó demasiado a los suyos.
Primero bombardea.
Después se indigna porque algo volvió.
Y siempre aparece una explicación hermosa.
“No tenía otra opción”.
“Ellos empezaron”.
“Yo solo me defendía”.
“Esto es diferente”.
“No entienden toda la situación”.
La persona siempre encuentra algo con qué cubrir su propia agresión.
La mente es una gran especialista en esto: en cinco minutos puede vestir cualquier grosería como misión noble, cualquier venganza como restauración de la justicia, cualquier explosión interior como defensa de fronteras espirituales.
Pero la ley es simple.
Lo que una persona libera en el mundo, tarde o temprano se convierte en la atmósfera en la que ella misma vive.
No siempre literalmente.
No siempre de inmediato.
No siempre desde las mismas personas.
Pero si dentro hay una guerra constante, un día la persona nota que incluso el silencio alrededor huele a pólvora.
No bombardees, y no serás bombardeado.
Y si ya tienes muchas ganas de bombardear, detente al menos un minuto y pregúntate:
“¿Estoy defendiendo la verdad ahora — o simplemente no puedo soportar mi propia irritación?”
A veces esa pregunta basta para que el proyectil se quede en el depósito.
Y eso, amigos míos, ya es una pequeña tregua...

