El verdadero enemigo de la persona no es su ignorancia.
La ignorancia en sí misma todavía no es una catástrofe.
Es honesta.
Simplemente no sabe.
Y quien no sabe y comprende que no sabe todavía puede preguntar.
Puede detenerse.
Puede escuchar.
Puede un día ver que el mundo era más amplio que la certeza de ayer.
Mucho más peligrosa es otra cosa.
Más peligrosa es la persona que no sabe, pero ya está segura.
Segura de sus conclusiones.
De sus ofensas.
De su razón.
De su imagen del mundo, armada con rumores, miedo, explicaciones convenientes y algunas heridas antiguas que hace tiempo recibieron certificados oficiales de verdad.
Una persona así ya no busca.
Confirma.
No escucha.
Comprueba si lo que oye coincide con la sentencia ya pronunciada dentro de ella.
No mira.
Reconoce contornos preparados de antemano.
No se encuentra con la realidad.
Le cuelga una etiqueta y sigue adelante, satisfecha con su propia definición.
La ignorancia puede iluminarse.
La certeza satisfecha de sí misma, difícilmente.
Porque no protege el conocimiento.
Protege la imagen de alguien que teme convertirse en principiante.
Teme decir:
“No entiendo”.
“Pude haberme equivocado”.
“Miré demasiado estrechamente”.
“Confundí mi reacción con un hecho”.
Y aquí empieza la verdadera oscuridad.
No donde la persona no sabe algo.
Sino donde ya no permite la posibilidad de saber de otra manera.
El verdadero enemigo de la persona no es su ignorancia.
Es el orgullo que construyó una cerca alrededor de la ignorancia y la llamó visión del mundo.
A veces el primer paso hacia la luz no parece una gran revelación.
Parece una admisión simple, casi infantil:
“No sé”.
Y si se dice con honestidad, sin pose y sin defensa, en esa admisión ya hay una puerta.
Pequeña.
Silenciosa.
Pero real...

